LIBERTAD


Hay una forma de libertad que no hace ruido. No se anuncia. No levanta banderas ni necesita testigos. Es una libertad discreta, casi sospechosa, que suele habitar en dos territorios que la mayoría evitamos: la soledad y la locura.

“Solo los locos y los solitarios pueden permitirse el lujo de ser ellos mismos” – Charles Bukowsky. La frase parece una provocación, pero en realidad es una confidencia.

El solitario no tiene público. Y cuando no hay público, se cae el teatro. Nadie a quien agradar, nadie a quien sostenerle una versión cómoda de uno mismo. En la soledad se desmoronan los personajes con la misma naturalidad con la que se apagan las luces. No por tristeza, sino por innecesarios. El solitario no es libre porque se haya aislado, sino porque ha dejado de negociar su forma.

El loco, en cambio, no pide permiso. No porque sea valiente, sino porque ha sido expulsado del tribunal de la comprensión. Y eso, aunque suene a condena, es una absolución. Cuando ya no te importa ser entendido, ocurre algo inquietante: empiezas a decir la verdad sin traducirla. No la adornas, no la justificas, no la suavizas para que encaje. La verdad deja de ser un mensaje y se convierte en un estado.

Entre ambos hay un punto común: han quedado fuera del comercio emocional. No intercambian gestos por aceptación, ni silencios por pertenencia. No administran su identidad como quien cuida una vitrina. Viven, y a veces eso basta para parecer peligroso.

La sociedad tolera muchas cosas, excepto a quien no necesita su aplauso ni su permiso. Por eso al que se retira se le llama solitario, y al que no obedece se le llama loco. Son palabras que pretenden explicar, pero en el fondo funcionan como cercas.

Ser uno mismo no es un acto heroico. Es, casi siempre, una consecuencia. Llega cuando se cae la necesidad de gustar, cuando se agota el esfuerzo de ser legible, cuando se rompe la expectativa de encajar del todo. Entonces, sin épica y sin ruido, aparece algo más limpio. No mejor. No más luminoso. Más verdadero.

Quizá por eso esa libertad tiene un precio silencioso: menos compañía, menos traducciones, menos refugios. Pero también un regalo que no se exhibe: la imposibilidad de traicionarse sin notarlo.

Y en un mundo lleno de identidades pulidas, esa clase de fidelidad resulta extrañamente subversiva.

El loco soy yo

Duende del Sur

 

Más loco que solitario, porque el solitario todavía se retira. El loco se queda, pero no se traduce.


 

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