LA MIRADA QUE PERMANECE
Hay una edad invisible que nos acompaña siempre. No aparece en documentos ni en perfiles, pero observa en silencio. Es el niño que fuimos, el que aún mide nuestras decisiones sin palabras. Ese niño no entendía de estrategias ni de exhibiciones. No necesitaba justificar quién era ni explicarse ante nadie. Simplemente estaba, con la naturalidad de quien no se mira desde fuera. Con los años aprendemos a protegernos. A ocupar espacio. A mostrarnos. Aprendemos a hablar más alto de lo necesario y a exponernos como si eso garantizara existir. En ese ruido constante, a veces olvidamos volver la vista atrás. No todo lo que un adulto puede hacer debería hacerlo. No todo lo que se puede mostrar merece ser mostrado. La madurez no consiste en multiplicar opciones, sino en aprender a descartar. Hay comportamientos que no son errores, sino señales. Señales de una herida que busca alivio. De una identidad que necesita testigos. De un ego que no aspira a grandeza, sino a consuelo. Cambi...


















