LA MIRADA QUE PERMANECE

 


Hay una edad invisible que nos acompaña siempre. No aparece en documentos ni en perfiles, pero observa en silencio. Es el niño que fuimos, el que aún mide nuestras decisiones sin palabras.

Ese niño no entendía de estrategias ni de exhibiciones. No necesitaba justificar quién era ni explicarse ante nadie. Simplemente estaba, con la naturalidad de quien no se mira desde fuera.

Con los años aprendemos a protegernos. A ocupar espacio. A mostrarnos. Aprendemos a hablar más alto de lo necesario y a exponernos como si eso garantizara existir. En ese ruido constante, a veces olvidamos volver la vista atrás.

No todo lo que un adulto puede hacer debería hacerlo. No todo lo que se puede mostrar merece ser mostrado. La madurez no consiste en multiplicar opciones, sino en aprender a descartar.

Hay comportamientos que no son errores, sino señales. Señales de una herida que busca alivio. De una identidad que necesita testigos. De un ego que no aspira a grandeza, sino a consuelo.

Cambiar no es el problema. El problema es convertirse, sin darse cuenta, en aquello que uno despreciaba. Defender hoy con entusiasmo lo que ayer provocaba pudor. Perder la coherencia sin sentir la pérdida.

Porque el niño que fuimos sigue dentro. Y quien conoce esa etapa lleva consigo un mapa profundo de lo que somos. Quien conoció al niño entiende al adulto.

Ese conocimiento no se borra con orgullo ni con silencio. No se altera con máscaras ni con éxitos exhibidos. Lo que alguien vio en nosotros cuando éramos auténticos permanece.

Podemos intentar controlar la historia. Podemos ensayar versiones más brillantes, más fuertes, más impenetrables. Pero para quien leyó nuestras páginas antes de que aprendiéramos a editarlas, nada es sorpresa. Nada se disfraza del todo.

Y, aun así, la medida más exigente no es la mirada ajena. Es la propia.

La verdadera medida del adulto no está en la aprobación acumulada ni en la atención conseguida, sino en una pregunta tan sencilla como incómoda:

     ¿el niño que fui se sentiría orgulloso de mí… o bajaría la mirada?

Crecer no es acumular versiones de uno mismo, sino afinar la coherencia. Reducir el exceso. Elegir el silencio cuando el impulso pide escenario. Recordar que la dignidad rara vez necesita público.

Porque al final, cuando todo se apaga y el ruido deja de sostenernos, solo queda esa mirada antigua. No critica. No exige. Solo observa.

Y no hay nada más revelador —ni más difícil de sostener— que avergonzar al niño que un día nos creyó.

Duende del Sur


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