39 AÑOS DESPUÉS
“Ante un folio en blanco, jurando
bandera…”. Así debería empezar este blog, porque al fin y al cabo nació de un
cuaderno cuya primera página decía exactamente eso, como si todo lo que viniera
después ya estuviera de alguna forma escrito, casi como si aquel cuaderno
tuviera más de profecía que de recuerdo.
Hoy cumplo 39 años y, como habéis
comprobado, desaparecí algo más de un mes, casi dos, pero de vez en cuando hay
que bajar el volumen porque es ahí, justo ahí, donde suelen estar las
respuestas, en ese lugar donde no hace falta decir nada… supongo que hay cosas
que solo se entienden con el tiempo.
Y en medio de todo eso, una
escapada al sur de Portugal, Cádiz y Sevilla.
En el sur de Portugal, días de
playas y acantilados, de comer sin prisa, de beber sin motivo y de
conversaciones que no necesitaban llegar a ningún sitio. Buena compañía y esa
sensación de que, a veces, todo es mucho más sencillo de lo que uno se empeña
en complicar.
En Cádiz, perderse por las calles
hasta el callejón del Duende a tirarle una moneda y dejar que el tiempo pasara
sin preguntarle demasiado, disfrutando de los atardeceres como quien ya no
necesita nada más.
Y en Sevilla, la feria.
Sevillanas, rebujitos y mucho ruido. Pero incluso ahí, entre todo eso, también
llegaron respuestas.
Supongo que también era parte de
eso, de bajar el volumen y escuchar el silencio. Aunque de vez en cuando el
ruido también tenga algo que decir.
Uno va entendiendo con los años
que tiene más sentido prestar atención de verdad a quienes están cerca que
seguir buscando fuera una validación que, casi siempre, dura demasiado poco.
Hace dos años que desaparecí de las redes sociales, aunque este último mes he publicado algún history en WhatsApp y Telegram, solo para aquellos que pensaban que había desaparecido, porque los que no tenemos escaparate de egos también vivimos, viajamos y disfrutamos, simplemente ya no lo contamos, o al menos no de esa forma.
Al final las redes sociales son
eso, ruido, una validación ajena que da una dopamina tan efímera como barata,
una especie de confirmación constante de que seguimos ahí, como si hiciera
falta que alguien más lo dijera para creérnoslo nosotros, como si hubiera
momentos en los que uno deja de mirarse dentro y empieza a buscarse fuera.
Porque a veces uno acaba
construyéndose en lo que muestra, sin darse cuenta de que el verdadero valor
suele quedarse en aquello que no enseña, en lo que no todo el mundo llega a
ver.
Y sin darnos cuenta vamos
llenándolo todo de pequeñas certezas prestadas, hasta que se pierde el control
y uno ya no sabe muy bien qué es lo que siente y qué es lo que simplemente está
repitiendo.
Han sido años de cambios, de esos
que no piden permiso, que te mueven del sitio aunque no quieras, y con el
tiempo entiendí que no venían a romper nada, sino a enseñarme a moverme… unos
lo llamarán Urano en Tauro y otros que tocaba aprender.
Porque hubo un momento en que
sostener por costumbre empezó a doler demasiado. Quedarme en lo conocido dejó
de ser cómodo y empezó a pesarme.
Porque crecer no es solo
convertirse en alguien nuevo, a veces crecer es abrir esa puerta que llevas
demasiado tiempo evitando, esa habitación que todos tenemos y que preferimos no
mirar porque sabemos lo que hay dentro.
Miedos, dudas, errores, polvo,
recuerdos incómodos… todo eso que vamos dejando ahí mientras seguimos
construyendo una vida alrededor, como si pudiera sostenerse sin mirar hacia
dentro.
Pero no se puede. No se puede
construir una casa completa ignorando una habitación entera.
Y al final no era tan complicado
como parecía, solo consistía en entrar, encender la luz y empezar a ordenar,
poco a poco, sin prisa, como quien vuelve a un sitio que siempre ha sido suyo.
Puede dar miedo, sí, pero también
hay algo en eso, algo que acaba siendo más satisfactorio de lo que uno
imaginaba.
Porque pasamos la vida intentando
conocer a quienes nos rodean, entendiendo sus luces y sus sombras, y aun así
seguimos evitando entrar en una habitación que también es nuestra.
Yo ya he hecho las paces con mi
pasado, aunque no todo mi pasado las haya hecho conmigo.
Porque no existe una vida en la
que todo encaje, pero sí existe la posibilidad de dejar de apagar la luz cada
vez que algo incomoda.
Y a lo mejor se trata de eso, de
quedarse un poco más, de aprender a habitar también lo que no nos gusta, hasta
que un día, sin darnos cuenta, todo empieza a parecerse más a un hogar que a
una huida.
Porque quizás la peor soledad no
sea estar solo, sino no poder quedarse con uno mismo.
Duende del Sur
“Supongo que esto también va de eso… de no elegir solo la parte que se
enseña”.
Noite - Quien es el creador



