LA PUERTA
Hay personas que aparecen en
nuestra vida para acompañarnos y otras que aparecen para transformarnos. Lo
curioso es que casi nunca sabemos distinguirlas mientras están ahí. Necesitamos
tiempo. A veces años. Porque la transformación rara vez se parece a lo que
imaginamos. No suele llegar envuelta en certezas ni en grandes revelaciones.
Más bien se parece a una pregunta que se queda viviendo contigo mucho después
de que la conversación haya terminado.
Durante años pensé que las
personas nos cambian por lo que nos dan. Hoy sospecho que nos cambian más por
lo que nos obligan a mirar. Hay encuentros que funcionan como refugio y otros
que funcionan como espejo. Los refugios nos ofrecen descanso. Los espejos nos
ofrecen conciencia. Y aunque todos agradecemos los primeros, son los segundos
los que suelen dejarnos sin excusas, porque uno puede engañarse durante mucho
tiempo sobre quién es. Puede construir relatos, justificar decisiones, esconder
determinadas partes de sí mismo detrás de una versión más cómoda. Lo hacemos
todos. No por maldad, sino por supervivencia. Hasta que aparece alguien que,
sin proponérselo, empieza a señalar lugares que preferíamos no visitar
demasiado. No necesariamente con palabras. A veces basta una mirada, una
pregunta o una forma distinta de entendernos para que algo comience a moverse.
La vida exterior continúa
avanzando con normalidad, pero por dentro se abre una puerta. No suele ser una
puerta agradable. Al menos al principio. Detrás aparecen dudas,
contradicciones, heridas antiguas, miedos que uno creía superados y preguntas
que llevaban años esperando. Por eso mucha gente pasa la vida intentando
cerrarla de nuevo. Porque mirar hacia dentro exige una honestidad que no
siempre resulta cómoda. Sin embargo, toda transformación verdadera empieza
exactamente ahí, en ese instante en el que dejamos de huir de determinadas
preguntas y empezamos a permanecer delante de ellas el tiempo suficiente como
para escuchar lo que tienen que decir.
Mirando atrás, creo que muchas de
las cosas que he escrito durante estos años nacieron de esa puerta. Algunas
hablaban del silencio. Otras del duelo. Otras de la libertad, de la sombra, de
la fe o del amor. Parecían temas distintos, pero en realidad todas estaban
recorriendo el mismo camino. Intentaban comprender algo que tardé mucho tiempo
en saber nombrar: que la vida no consiste en convertirnos en otra persona, sino
en atrevernos a conocer de verdad a la que ya somos.
Quizá por eso existen ciertas
voces. No porque tengan respuestas mejores ni porque sean más sabias que
nosotros, sino porque nos permiten decir cosas que todavía no sabemos
pronunciar con nuestro propio nombre. Durante mucho tiempo pensé que el Duende
del Sur era una forma de escribir. Con los años comprendí que era una forma de
escuchar. Escuchar aquello que quedaba cuando terminaban las explicaciones.
Escuchar aquello que aparecía después de la rabia, del orgullo, de la nostalgia
y del miedo. Escuchar aquello que solo se vuelve visible cuando uno deja de
preguntarse quién tuvo razón y empieza a preguntarse qué vino a enseñarle cada
experiencia, cada pérdida, cada encuentro y cada despedida.
También comprendí algo que tardó
mucho tiempo en hacerse evidente. Durante años pensé que el Duende era una
forma de escribir ciertas cosas sin tener que escribirlas con mi nombre. Creía
que era una distancia. Una especie de refugio. Una voz alternativa desde la que
mirar determinadas partes de mi vida. Sin embargo, con el tiempo descubrí que
estaba entendiendo la historia al revés. El Duende nunca apareció para esconder
a Alejandro. Apareció para que Alejandro pudiera dejar de esconderse.
Porque las máscaras sirven para
ocultar. El Duende hizo exactamente lo contrario. Me obligó a mirar. A sentarme
delante de preguntas para las que no tenía respuesta. A entrar en habitaciones
que llevaban demasiado tiempo cerradas. A convivir con contradicciones,
pérdidas, nostalgias y aprendizajes sin la necesidad constante de resolverlos.
Mientras escribía sobre la vida, sobre las relaciones, sobre las heridas o
sobre la libertad, fue ocurriendo algo que no esperaba: empecé a comprender que
todas aquellas reflexiones estaban hablando siempre del mismo lugar.
Hablaban de conciencia.
No de la conciencia entendida
como una idea elevada o espiritual, sino de algo mucho más sencillo y mucho más
difícil al mismo tiempo. La capacidad de verse a uno mismo con honestidad. La
capacidad de reconocer las propias luces sin negar las sombras. La capacidad de
dejar de construir enemigos fuera para empezar a entender lo que ocurre dentro.
Porque escribir nunca fue una
cuestión de palabras. Fue una forma de observar. Una forma de ordenar. Una
forma de encender pequeñas luces en rincones donde todavía había demasiadas
sombras. Algunas de esas luces iluminaron errores. Otras iluminaron miedos.
Otras iluminaron partes de mí que apenas conocía. Y algunas iluminaron la
huella que determinadas personas habían dejado en mi vida. No porque siguieran
ahí, sino porque me ayudaron a entender que hay encuentros cuya verdadera
importancia no se mide por el tiempo que duran, sino por la profundidad con la
que transforman la forma en que uno se mira a sí mismo.
Con los años también aprendí que
pocas personas llegan realmente a conocernos. Muchas conocen nuestra historia.
O nuestra imagen. O la versión que mostramos cuando todo va bien. Muy pocas
conocen nuestras luces y nuestras sombras al mismo tiempo. Y menos aún
permanecen el tiempo suficiente como para ver cómo ambas intentan convivir
dentro de nosotros. Quizá por eso algunos vínculos dejan una huella distinta. Porque
llega un momento en que dejan de observar únicamente nuestras decisiones y
empiezan a comprender los lugares desde los que nacen esas decisiones. Ya no
ven solo lo que hacemos. Empiezan a reconocer nuestros miedos, nuestras
lealtades invisibles, nuestras contradicciones y también las historias que
seguimos contándonos para sostener determinadas versiones de nosotros mismos. Y
cuando alguien alcanza ese lugar resulta muy difícil volver a mirarlo como a un
desconocido, porque la comprensión siempre ve más lejos que el juicio.
Quizá por eso algunas personas
siguen formando parte de nuestra historia mucho después de haberse marchado. No
porque el pasado permanezca abierto, sino porque ciertas enseñanzas continúan
desplegándose con el tiempo. Hay personas que nos acompañan durante una etapa
de la vida y otras que terminan acompañándonos durante un proceso de
conciencia. Y los procesos de conciencia no entienden de calendarios. Terminan
cuando terminan.
Hoy, mirando atrás, no siento que
ninguna puerta se cierre. Las etapas terminan. Las preguntas encuentran su
lugar. Los caminos cambian. Pero hay cosas que dejan de ser necesarias porque
ya forman parte de nosotros. Y sospecho que eso es exactamente lo que ha
ocurrido con el Duende. Ya no lo necesito para decir aquello que antes no sabía
expresar. Ya no necesito buscar fuera una voz que me ayude a entrar en
determinadas habitaciones porque, después de todos estos años, he aprendido a
quedarme dentro sin miedo.
Tal vez esa era la verdadera
finalidad de todo este viaje. No encontrar respuestas definitivas. No
comprenderlo todo. Ni siquiera cerrar cada una de las historias que la vida fue
dejando por el camino. Tal vez se trataba simplemente de aprender a habitar la
propia habitación con la luz encendida, entendiendo que las sombras nunca
desaparecen del todo, pero que dejan de asustar cuando uno deja de huir de
ellas.
Porque al final el Duende nunca
vino a enseñarme quién era. Vino a acompañarme mientras lo descubría.
Duende del Sur
Alejandro Nieto
UCDM: “Escapar de la obscuridad
comprende dos etapas: primera, el reconocimiento de que la obscuridad no puede
ocultar nada. Este paso generalmente da miedo. Segunda, el reconocimiento de
que no hay nada que desees ocultar aunque pudieras hacerlo. Este paso te libera
del miedo. Cuando ya no estés dispuesto a ocultar nada, no sólo estarás
dispuesto a entrar en comunión, sino que entenderás también lo que es la dicha
y la paz.”



