AMOR DE INSTAGRAM & REALIDAD EN GRINDR
El amor contemporáneo es un
espectáculo fascinante. En Instagram, las parejas se declaran su amor con
frases que harían sonrojar al mismísimo Antonio Gala. Todo acompañado de
puestas de sol sospechosamente perfectas, viajes que parecen patrocinados por una
aerolínea, selfies donde la felicidad se ve tan nítida que casi huele a filtro
Valencia y sonrisas tan calibradas que sorprende que no tengan copyright. No
importa lo que realmente ocurra detrás del telón: lo crucial es que, en redes,
todo parezca un spin-off de Notebook. Porque el amor, al parecer, no
solo se vive: también se empaqueta, se ilumina y se publica cual portada del ¡Hola!.
En ese escaparate digital, el
romance es quirúrgicamente impecable: no hay discusiones ni silencios
incómodos, solo escenas cuidadosamente coreografiadas, flores que brotan como
si fueran un widget y frases importadas directamente de Pinterest para sostener
el decorado del “amor de verdad”. La pareja perfecta, el cuento perfecto, el
guion perfecto.
Hasta que cambias de aplicación.
Porque basta con deslizar el dedo para que el protagonista de esta comedia
romántica mute de príncipe azul a personaje de casting exprés. En Grindr, la
poesía se apaga y el discurso se resume a estados tan escuetos como el ya obsoleto
“masc x masc”, “hoy”, “pregunta”, incluso algún que otro emoji de criatura
mitológica que aparece de vez en cuando. Porque aquí lo que se busca es:
“maduro”, “deportista” y “macho”. Una terna que suena a catálogo de
supermercado sexual.
Aquí no hay promesas eternas ni
atardeceres compartidos. En su lugar aparecen fotos de frente o de espalda,
donde la cabeza desaparece del encuadre en un intento de discreción que, al final,
se ha convertido casi en un gesto reconocible de la aplicación. A eso se suma
la inmediatez: coordenadas, prisas y un sinfín de oportunidades a golpe de
clic. Grindr es, básicamente, el detrás de las cámaras del amor moderno; la
parte que no sale en Instagram porque rompe la estética.
Y no es que el romanticismo haya
muerto, es que ahora conviven varias versiones del mismo cuento. Algunos lo
llaman “poliamor”; otros, más tradicionales, lo llaman “los cuernos de
siempre”. Pero cada quien arma su narrativa, su marco conceptual, su
justificación. Lo importante es que el cuento de hadas de Instagram no se vea
contaminado por los pequeños deslices en otras plataformas.
La magia está en la dualidad. En
Instagram, el amor se exhibe como obra maestra lista para ser admirada por el
mundo entero. En Grindr, la felicidad también se comparte… pero en otro
sentido. Porque algunas veces hay tanto “amor”, que hay que repartirlo.
Y cuando un amor es demasiado
perfecto en público, a veces es porque en privado le faltan capítulos. Pero si
hay alguna duda en el aire, solo tienes que cambiar de aplicación.
Y entre tanto filtro, tanta pose
y tanta pantalla, quizá lo que se perdió no fue el amor, sino la verdad. Porque
si necesitas publicar para sentir que amas, tal vez lo que amas no es a la
persona, sino la idea de ser visto amando.
Duende del Sur


