SIN TESTIGOS

 


Hay personas tan empeñadas en demostrar tanto, que todavía no se han dado cuenta de que lo único que consiguen es justo lo contrario a eso que quieren mostrar. Viven en un escenario que no descansa, repitiendo una obra que ya nadie siente, ni siquiera ellas. Se disfrazan de plenitud, de equilibrio, de eso que suena a “vida perfecta”, y lo repiten una y otra vez, como si al hacerlo consiguieran creerlo un poco más.

Pero lo curioso es que la necesidad de mostrar siempre nace del vacío. No de la abundancia, ni del gozo, sino de la carencia. Quien está bien, no tiene prisa por demostrarlo. Quien se siente en paz, no necesita anunciarlo. Y quien realmente disfruta, rara vez se acuerda de ponerle marco a cada instante para que otros lo miren. La felicidad auténtica no es una exhibición, es una respiración tranquila. No se programa, se habita.

A veces, detrás de tanto brillo, hay un cansancio sutil. Una especie de ansiedad por sostener una versión de uno mismo que no se sostiene sola. Es un teatro amable, sí, pero teatro al fin y al cabo. Porque lo que se busca no es compartir, sino confirmar: “mírame, que bien estoy”. Y ahí se asoma el hilo invisible de la contradicción —esa necesidad de gritar lo que en el fondo uno teme perder.

Lo verdaderamente sereno no se publica, se nota. Se nota en la mirada que no compite, en el gesto que no busca atención, en la calma de quien no necesita adornos para sentirse completo. Y es que la plenitud no tiene urgencia, ni estrategia, ni testigos. Tiene silencio. Y el silencio, cuando es de verdad, brilla más que cualquier escaparate.

Quizás por eso las almas más en paz son las que más desaparecen del ruido. No porque huyan, sino porque ya no necesitan quedarse. Han entendido que la vida no se valida desde fuera, sino desde dentro. Que hay una belleza infinita en vivir sin explicar, sin demostrar, sin medir la intensidad de los días por la cantidad de ojos que los observan.

En un mundo tan lleno de vitrinas, ser invisible se ha vuelto un lujo. Y qué hermoso privilegio el de no tener que fingir, ni probar, ni convencer. Vivir sin testigos, pero con verdad.

Y tal vez ahí empieza la libertad: cuando dejamos de actuar y empezamos a habitar, cuando soltamos la mirada ajena y volvemos a la propia. Porque nada pesa tanto como sostener una máscara, y nada aligera tanto como volver a ser uno mismo.

Duende del Sur



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