BLOQUEAR EL ALMA
A veces el ego, inquieto como un
niño que no sabe estarse quieto, vuelve la mirada hacia el pasado. No lo hace
por amor ni por ternura; lo hace porque necesita comprobar que sigue teniendo
forma. Quiere asegurarse de que aquella historia, que ya pertenece al tiempo,
aún le pertenece un poco a él.
El ego no vive en el presente, se
alimenta de “antes” y “después”. Mira hacia atrás para justificarse, para
convencerse de que eligió bien, de que su decisión fue la correcta. Es su
manera de sostener la narrativa: si el pasado parece desordenado o dolido,
entonces el ego puede dormir tranquilo, creyendo que fue el más lúcido en la
partida. Pero en ese juego no hay paz, solo argumento.
A veces también mira por pura
ansiedad: porque el silencio lo incomoda, porque el presente no le basta. Entonces
vuelve a los viejos paisajes mentales, buscando un fragmento que le devuelva
control o familiaridad. El pasado se convierte en un refugio de humo: un lugar
donde todo parece conocido, pero nada es real.
El alma, en cambio, no necesita
mirar. No revisa, no compara, no pregunta si la otra orilla sigue igual. El
alma habita donde el tiempo no pesa, donde las respuestas sobran. Ella entiende
que cerrar no siempre significa olvidar, sino dejar de vigilar.
El ego, sin embargo, quiere
pruebas. Quiere saber si sigue importando, si su ausencia se nota, si el
recuerdo todavía pronuncia su nombre. Esa es la forma más sutil del control:
buscar validación incluso cuando se ha perdido el derecho a recibirla. Y
mientras más se alimenta de esas pequeñas dosis de pasado, más se convence de
que todavía tiene poder sobre lo que ya no le pertenece.
Hay quien confunde eso con
nostalgia, pero no lo es. La nostalgia del alma es silenciosa, serena, casi
sagrada. La del ego, en cambio, es una especie de inspección: observa, compara,
mide y saca conclusiones. Y cada vez que lo hace, se aleja un poco más del
presente, de esa simple plenitud de estar donde se está, sin tener que
demostrarse nada.
El alma no mira atrás porque ya
entendió que no hay superioridad en haber pasado página, ni derrota en haber
sentido. Solo hay ciclos que se cumplen y enseñanzas que se integran. Lo demás
es ruido del ego intentando convencerse de que sigue siendo el protagonista de
la historia.
Así que cuando tu ego quiera
asomarse al pasado, déjalo. Que mire, si quiere. Que intente buscar sentido
donde ya no hay trama. Pero luego recuérdale con suavidad que todo lo que busca
allá atrás, ya no existe. Que la validación que necesita no está en el reflejo,
sino en la quietud. Y que quien vive en el presente —el ser, el alma— no
necesita demostrarse nada, porque ya es todo lo que buscaba ser.
Al final, el pasado no duele por
lo que fue, sino por lo que el ego aún no ha aprendido a soltar. Y una vez lo
sueltas, no hay pérdida: hay espacio. Y en ese espacio, sin ruido, sin
testigos, sin necesidad de mirar… el alma vuelve a respirar.
Porque hay quien exhibe su luz,
pero no engaña a la sombra. Porque hay vidas muy públicas, pero sus vacíos se
notan en privado. Y reconocerlo no es juicio, sino claridad. Es entender que lo
que importa no es lo que otros muestran, sino cómo respiramos en
nuestra propia verdad.
Duende del Sur


