EL AÑO CAMBIA, EL PATRÓN NO
El año termina como terminan casi
todas las cosas importantes: sin hacer ruido. Cambia el número del calendario,
se cierran ciclos de forma simbólica y se abre la sensación de que algo debería
ser distinto. Sin embargo, para muchos, lo único que cambia es la fecha. El
fondo permanece intacto.
La mayoría de las personas no
crea su futuro, lo repite. No por falta de sueños, sino por fidelidad a lo
conocido. Se repiten las mismas creencias, los mismos hábitos, las mismas
reacciones emocionales ante situaciones que solo parecen nuevas por fuera.
Cambian los escenarios, cambian los nombres, cambian las circunstancias, pero
el movimiento interior es el mismo. Y luego lo llamamos destino, mala suerte o
vida.
Queremos algo nuevo, pero
actuamos como si nada tuviera que transformarse dentro. Deseamos resultados
distintos mientras defendemos las mismas ideas, las mismas respuestas
automáticas, las mismas formas de protegernos. La mente funciona como un
programa que se ejecuta una y otra vez; si no se revisa, seguirá produciendo
los mismos errores, por mucho que cambie el contexto.
Aquí aparece uno de los grandes
puntos ciegos: la falta de autocrítica. Resulta más cómodo mirar hacia fuera,
señalar, explicar lo que no funciona a través del comportamiento de los demás.
Así el relato se mantiene limpio: yo reacciono porque el otro provoca, yo sufro
porque el otro falla, yo repito porque la vida insiste. Mientras tanto, el
patrón sigue intacto, protegido por la excusa.
Por eso entender no es
suficiente. La consciencia es darse cuenta, observar el propio bucle sin
adornos ni justificaciones. Pero después llega algo más incómodo: cuestionar
aquello que creemos incuestionable. Y más difícil aún, sostener ese cambio en
lo cotidiano, incluso cuando ya no encaja con la versión antigua de uno mismo.
Romper un patrón no es épico ni
luminoso. Es silencioso y, muchas veces, incómodo. Implica dejar de tener
razón, soltar relatos que nos daban identidad y aceptar que quizá no éramos
solo víctimas de lo que se repetía, sino también parte activa de su
continuidad. Por eso tantos prefieren la repetición conocida antes que la
incertidumbre de un movimiento real.
Pero hay un momento, en el que algo
se recoloca por dentro. El día que entiendes que el comportamiento de los demás
tiene más que ver con su propia lucha interna que contigo, ese día dejas de
vivir desde la herida constante. No porque todo mejore fuera, sino porque dejas
de cargar con batallas que nunca fueron tuyas.
Este no es un texto para cerrar
el año con promesas ni propósitos grandilocuentes. Es una invitación más
honesta y más difícil: mirar qué parte de este año se parece demasiado a los
anteriores. Qué emoción vuelve. Qué conflicto regresa. Qué aprendizaje sigue
esperando ser visto.
El tiempo avanza siempre;
nosotros, a veces, solo cuando nos atrevemos a ver qué parte de la vida estamos
repitiendo en silencio.
Duende del Sur


