ENTRE SOFISTAS Y FILÓSOFOS
Hay personas que buscan la verdad
y personas que solo buscan tener razón. La diferencia entre unas y otras no es
intelectual, es ética. Y rara vez se nota por lo que saben, sino por cómo
hablan.
Me ocurrió al volver a leer
El mundo de Sofía, esa novela que muchos recordarán como una introducción a la
filosofía. En ella, una chica recibe misteriosas cartas de un profesor que le
enseña a pensar, no a repetir. En una de esas cartas aparece Sócrates, y entre
sus palabras entendí algo que, aunque suene antiguo, sigue siendo tan vigente
como incómodo: hay quienes buscan la verdad y hay quienes solo buscan tener
razón.
“Los sofistas cobraban por sus
explicaciones más o menos sutiles… Sócrates, en cambio, se llamaba filósofo:
uno que busca conseguir sabiduría.” El tiempo pasa, las togas desaparecen, pero
los personajes siguen siendo los mismos. Los sofistas modernos ya no enseñan en
el ágora: tienen cuentas verificadas, micrófonos o simples opiniones firmes
sobre todo. Hablan con la seguridad de quien nunca se ha hecho una pregunta.
Van por la vida con una
convicción tan férrea que asusta. Saben de política, de ética, de ciencia, de
moral. Tienen respuesta para todo, incluso para lo que no entienden. Y lo más
curioso es que confunden información con conocimiento, discurso con verdad,
seguridad con sabiduría.
Luego están los otros. Los que
dudan, los que preguntan, los que no presumen de saber nada porque saben que el
saber, cuando es real, no se grita. “Solo sé que no sé nada”, dijo Sócrates.
Una frase que muchos repiten sin comprender que reconocer la ignorancia es el
acto más valiente del pensamiento.
En el libro, el narrador compara
a Sócrates con un niño que se atreve a decir que el emperador está desnudo. Y
creo que esa imagen no puede ser más certera. Porque los que preguntan —los que
ponen en duda lo evidente, los que dicen en voz alta lo que todos callan— son
los más peligrosos para el sistema de certezas en el que vivimos. Una sola
pregunta puede contener más pólvora que mil respuestas prefabricadas.
El sofista necesita aplauso; el
filósofo busca comprensión. El sofista necesita tener razón. Habla para
convencer, para mantener su imagen de sabio, para no perder el control. El
filósofo, en cambio, pregunta para entender. No pretende ganar, sino descubrir.
Su fuerza está en la duda, no en la certeza. El primero enseña lo que cree
saber; el segundo aprende lo que aún ignora. Uno construye respuestas; el otro,
preguntas. Y en ese contraste se revela quién busca la verdad y quién solo
busca tener público.
No hay nada más peligroso que una
persona convencida de tener siempre razón, porque cuando la razón se convierte
en armadura, la verdad deja de importar. Y así, el mundo se llena de voces que
hablan, pero muy pocas que piensan.
El filósofo, en cambio, es ese comodín
del que hablaba Gaarder, ni dogmático ni indiferente. Sabe que no sabe, y eso
le mueve. No presume, observa. No impone, reflexiona. Y aunque a veces lo tomen
por ingenuo, es el único capaz de ver que el emperador está desnudo mientras
todos aplauden el traje.
Quizá por eso los filósofos
siempre han resultado incómodos. Porque preguntar —de verdad, con intención de
entender y no de vencer— sigue siendo el gesto más subversivo que existe. En un
mundo lleno de respuestas instantáneas, pensar es un acto de resistencia.
Así que quizás la diferencia no
esté en quién habla y quién piensa, sino en la actitud desde la que se hace.
Hay quienes afirman; otros preguntan. Y mientras unos necesitan convencer,
otros solo intentan comprender.
Duende del Sur
P. D. Es curiosa la semejanza
entre Sócrates y Jesús, observada desde una mirada puramente histórica. Ninguno
de los dos escribió nada. De Sócrates sabemos por Platón; de Jesús, por quienes
lo siguieron y pusieron por escrito sus palabras: Mateo, Marcos, Lucas, Juan...
En ambos casos, su pensamiento nos llega a través de otros, no de su propia voz
escrita.
Ambos cuestionaron el orden
establecido. Ambos incomodaron al poder. Ambos fueron condenados por ello. Y
ninguno pidió clemencia. Murieron fieles a lo que pensaban, con la serenidad de
quien prefiere la verdad a la conveniencia.
Quizá por eso, más allá de
religiones y siglos, siguen recordándonos lo mismo: que pensar libremente —y
vivir conforme a ello— puede costar caro, pero es lo único que da
sentido a la vida.


