EL MARGEN PROPIO
No siempre se trata de lo que se
hace, sino de cuánto de uno queda en ese hacer. A veces se cumple, se responde,
se sostiene… pero no todo se vive desde el mismo lugar.
No todo lo que ocurre en la vida
depende de uno. Aun así, muchas veces se vive como si así fuera: reaccionando,
cargando, adaptándose a situaciones que nacieron fuera y que no siempre se
podían controlar. En ese movimiento, casi sin darse cuenta, se empieza a
confundir responsabilidad con culpa, y presencia con desgaste.
Cuando eso pasa, el movimiento
personal empieza a ir ligado al entorno. A cómo responden otros, a cómo se dan
las circunstancias, a si el momento acompaña o no. No es falta de capacidad ni
de carácter; es una forma silenciosa de ceder el centro, de colocar fuera
aquello que debería sostenerse dentro.
La mayoría de las veces las cosas
funcionan razonablemente bien. Hay rutinas que fluyen, contextos que acompañan,
etapas en las que avanzar no requiere demasiada resistencia. Pero también
existen otras. Momentos más estrechos, situaciones inesperadas, escenarios en
los que no se juega con las cartas que se habrían elegido. Eso no invalida el
camino ni convierte la experiencia en un error; simplemente la vuelve más
exigente.
Lo que suele pasar desapercibido
es que, incluso ahí, siempre queda algo propio. Un margen pequeño, pero real.
No depende del clima, ni de los demás, ni de que todo encaje. No es heroico ni
visible desde fuera, y casi nunca recibe aplauso. Pero es el único espacio que
no se puede delegar.
Ahí es donde algo empieza a
construirse. No de forma épica ni inmediata, sino como un sedimento lento. Una
consistencia que aparece cuando no todo acompaña, cuando avanzar no es cómodo,
cuando rendirse sería comprensible. No se trata de imponerse a la situación,
sino de no desaparecer dentro de ella.
Hay una satisfacción discreta en
comprobar que, aun sin condiciones ideales, algo avanza. No porque todo salga
bien, ni porque el resultado sea perfecto, sino porque no todo quedó en manos
de lo externo. Eso no hace a nadie mejor que otros; simplemente deja una base
más firme para lo que venga después.
A veces la fuerza no está en
cambiar la situación, sino en no entregar del todo lo que sí dependía de uno.
¡Feliz Año Nuevo!
Duende del Sur


