VIVIR EN DIFERIDO

 


“La perfección medida no equivale a plenitud vivida”.

Hay una forma de ausentarse de la propia vida que es casi invisible, porque está socialmente celebrada: vivir atentos a la opinión de los demás. No como vanidad, sino como hábito. Como si lo que hacemos, decimos o incluso sentimos necesitará pasar primero por la pregunta silenciosa de cómo será leído.

No es una decisión consciente. Es una manera aprendida de estar. Poco a poco, algo se desplaza. Uno ya no está del todo en lo que vive, sino en el efecto que eso podría tener.

No habita la experiencia: la prepara. La corrige. La traduce. Y en ese movimiento, que parece inocente, la vida se vuelve representación. Ensayo. Gestión de uno mismo.

Ahí ocurre algo sutil pero decisivo: la atención deja de estar en lo que es y se instala en cómo caerá. Y cuando eso pasa, aunque todo siga funcionando, uno ya no vive en primera persona. Vive en diferido.

Por eso no se trata de dejar de escuchar a los demás, ni de volverse impermeable, ni de construir una épica de autosuficiencia. Se trata de algo mucho más fino: de que el eje no esté fuera. De que la opinión ajena pueda existir sin ocupar el centro desde el que uno se orienta.

Cuando ese desplazamiento se da, la mirada de los otros no desaparece, pero pierde poder organizador. Se vuelve paisaje. A veces ruido. A veces música. Rara vez dirección. Y entonces algo se ordena sin esfuerzo: la experiencia ya no necesita ser validada para ser real.

En ese punto aparece un reconocimiento silencioso, casi seco, sin emoción y sin discurso. Una comprensión que no pide ser explicada: hay una vida que se ha vivido hacia fuera, un yo que ha sido leído antes de ser habitado. Y mientras uno vive para ser leído, deja de leerse.

Cuando vuelve a leerse, no hace nada extraordinario. No adopta una postura nueva ni se declara distinto. No cambia de personaje.

Simplemente, vuelve a vivir.

Duende del Sur

 

Esta vez, todo al 35.

No va más


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