EL DUELO
Hay quienes nunca están solos.
Saltan de un abrazo a otro, de una promesa nueva a un cuerpo distinto, como si
la vida se tratara de esquivar silencios. Les ves siempre acompañados,
radiantes, tan ocupados en “rehacerse” que casi convencen.
Porque bajo esa prisa hay algo
roto. No hacer el duelo no es fortaleza, es cobardía envuelta en encanto. Es
miedo a verse sin testigos. Y ese miedo es una condena lenta: vivir eternamente
rodeado, pero vacío.
El que no transita su duelo no
cierra nada, solo cambia de escenario. Su historia anterior sigue latiendo,
disuelta entre palabras nuevas, repitiendo el mismo guion con distinto reparto.
A veces se disfraza de amor, otras de estabilidad. Puede durar meses o años,
pero el resultado es el mismo: una relación sostenida por la negación.
El duelo es incómodo porque
desnuda. Te obliga a mirar lo que perdiste y lo que fuiste, a reconocer en qué
parte de ti también fallaste. Porque el duelo también exige honestidad. No todo
lo hizo mal el otro. No se trata de justificar heridas ni de excusar al otro,
sino de entender que nada ocurre en un vacío. Hay gestos, silencios y
decisiones propias que también construyen lo que después duele. Sin autocrítica
no hay cierre, solo versiones cómodas de la historia. Quien no lo hace, no
crece: solo acumula versiones de sí mismo que ya no encajan. Y cuanto más huye,
más se pierde.
Porque, en el fondo, todos hemos
huido alguna vez. Todos hemos intentado anestesiar el ruido con presencia, con
cuerpos, con historias nuevas que prometían silencio. Y durante un tiempo
funciona. A corto y medio plazo incluso convence. Pero hay algo que no se puede
esquivar: puedes alejarte de otros, esconderte en lo inmediato, llenar cada
espacio… pero no puedes huir de ti mismo.
Saltar de relación en relación
sin duelo es como seguir corriendo con la herida abierta: al principio crees
que avanzas, pero solo estás dejando un rastro de sangre. Cada vínculo se
contamina del anterior. Cada nuevo amor paga el precio de lo que el otro no
quiso sentir. Y al final, el alma se endurece, porque amar sin sanar desgasta.
Tarde o temprano, la vida cobra
el silencio que no se quiso escuchar. El cuerpo se cansa, las emociones se
confunden, el corazón se vuelve un lugar donde ya nadie entra del todo. Porque
no se puede comenzar de verdad si nunca se terminó nada.
Y la nueva pareja —la que llega
después, creyendo que encontró un amor listo para compartir— acaba sosteniendo
un duelo que no le pertenece. Cree que su amor podrá curar, pero se convierte
sin saberlo en anestesia. Y toda anestesia tiene un costo: cuando se va el
efecto, aparece la verdad. Una verdad fría, distante, sin raíces. Y con el
tiempo se aprende algo incómodo: no siempre es algo contra ti. Que alguien no
haga su duelo no es solo una falta hacia lo que fuisteis, es, sobre todo, una
falta hacia sí mismo. Porque muchas veces no es una elección consciente, sino
un patrón que se repite. Formas de vincularse, de huir, de sostener o romper,
que nacen en lo profundo y operan sin ser cuestionadas. Gran parte de lo que
hacemos nace en el subconsciente. Y lo que no se hace consciente, se repite. Una
y otra vez. Hasta que alguien se detiene a mirar. Una forma de no respetar los
tiempos que la vida exige para cerrar, comprender y soltar. Y eso, aunque
duela, no te pertenece.
El que no hace el duelo no ama,
repite. Y lo repite hasta que alguien —a veces con amor, a veces con hartazgo—
le pone un espejo delante. Entonces comprende, aunque sea tarde, que no se
puede llenar un vacío con cuerpos, ni callar el alma con ruido.
El duelo no es el final, es la
puerta que el cobarde evita y el valiente cruza.
Duende del Sur


