NEO
Lo más extraño de ciertas
personas no es cómo llegan, sino la forma en que empiezan a mirarte. Como si
vieran algo que tú no encuentras por ninguna parte.
Y al principio eso no se siente
bien. Incomoda. Porque mientras el otro insiste en ver posibilidades, tú solo
sigues viendo tus límites. Mientras el otro parece hablarle a una versión más
consciente de ti, tú continúas habitando la de siempre. La conocida. La que
llevas años construyendo para sobrevivir.
Por eso uno duda tanto de ciertas
personas. No porque no las crea sinceras, sino porque resulta difícil confiar
en alguien que parece conocerte en un lugar al que ni siquiera tú has llegado
todavía.
Y entonces aparece la
resistencia. La necesidad de demostrar que está equivocado. Que no eres eso que
ve. Que dentro de ti no existe nada extraordinario. Porque aceptar lo contrario
implicaría algo mucho más incómodo: abandonar la identidad desde la que llevas
toda la vida entendiéndote.
Y nadie se desprende fácilmente
de sí mismo, aunque empiece a sospechar que esa versión ya le queda pequeña.
Quizá por eso hay vínculos que
solo se comprenden con el tiempo. Porque ciertas personas no llegan para
acompañarnos en quien somos, sino para empujarnos hacia quien podríamos llegar
a ser.
Pero hay puertas que nadie puede
cruzar por nosotros. Pueden acompañarte hasta su umbral. Pueden mostrártela.
Incluso pueden verte al otro lado antes de que tú seas capaz de imaginarlo.
Pero el paso siempre termina siendo solitario.
Y tal vez lo más difícil de
aceptar llega después, cuando por fin atraviesas esa puerta y entiendes que
aquello que tanto te incomodaba no era la mirada del otro… sino el miedo de
descubrir que llevaba razón.
Duende del Sur
Nota final: “Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro.”


