SOY AMBOS
Siempre me ha fascinado esa doble
vida que todos llevamos dentro. La versión que mostramos, pulida, controlada,
hecha para los demás. Y la otra, la que escondemos incluso de nosotros mismos,
esa que habla en voz baja cuando nadie nos ve.
Nos convencemos de que somos lo
que enseñamos, pero lo cierto es que lo oculto nunca desaparece. Permanece ahí,
esperando. A veces lo notamos en un gesto que se escapa, en una palabra que no
encaja, en una incoherencia que nos delata. Es como una grieta por la que asoma
la verdad, recordándonos que ningún disfraz es eterno.
Entonces surge la pregunta
incómoda: ¿quién soy realmente, el que sonríe en la foto o el que calla cuando
se apaga la cámara? ¿El que presume de certezas o el que tiembla en sus dudas? ¿El
que muestra felicidad o el que acaricia heridas que todavía no han cerrado?
Lo curioso es que muchas veces lo
que ocultamos pesa más que lo que enseñamos. Y ese peso nos acompaña aunque
intentemos negarlo. Porque la máscara brilla, pero acaba cansando; y el rostro
escondido, por mucho que lo ignoremos, sigue siendo el único verdadero. Quizá
por eso llega un momento en que fingir deja de protegernos y empieza a
alejarnos de nosotros mismos.
Quizás la libertad empiece el día
en que dejamos de alimentar tanto teatro. El día en que aceptamos que somos
luces y sombras, certezas y contradicciones. El día en que nos miramos de
frente y entendemos que lo que ocultamos nos define tanto como lo que
mostramos.
Y entonces, sí, ya no hace falta
fingir. Porque la respuesta deja de ser una pregunta y se convierte en certeza:
soy ambos. El que muestro y el que oculto. Y en esa reconciliación, quizá,
empieza la única verdad posible.
Duende del Sur


